JOSÉ ORIVE (*)
El Teatro es tan rico en su esencia y abanico de posibilidades que hasta puede caber una república dentro de él. Convengamos que políticamente, república es una forma de gobierno en que el poder reside en el pueblo que lo delega en un Jefe de Estado elegido democráticamente cada cierto tiempo. También, el título de una obra de Aristocles Podros (alias Platón), compuesta de 12 libros en forma dialogada que tiene como protagonista a su maestro Sócrates. En ella, el filósofo heleno exponía la forma perfecta que debía adoptar una sociedad para regirse según unos criterios morales.
¿Casualidad? La trayectoria de la compañía teatral grancanaria La República, iniciada a finales de 1995, parece haber bebido de los preceptos idealistas de ambas concepciones. Quizá, como afirman, aparezcan también ellos en un futuro en los archivos de la memoria como una compañía canaria que en todo este tiempo trató de romper en la medida de sus posibilidades con "un régimen dictatorial de cultura escénica, donde sólo se primaban determinados modelos que respondían a cánones preestablecidos y nada agresivos con el sistema mayormente asumido". Quizá. Y si no, al menos lo han intentado.
Al margen de la teoría y las buenas intenciones, la práctica escénica de La República, sí ha ido confirmando una trayectoria de compromiso con el teatro de ahora, con textos de reconocidos autores y autoras contemporáneos españoles, y de irrenunciable compromiso con la realidad de ahora, del ser consciente de vivir en un territorio determinado sin olvidar la Patria Común. La del Teatro y la de la vida misma. Para ello La República ha tenido que emplear la rebeldía en los conceptos escénicos para poder sobrevivir a la hostilidad del entorno y tener que llevarlos a cabo a contracorriente. Empeñarse en su erre que erre de evitar mirar hacia otro lado y contar precisamente lo que había que contar y en el momento preciso, cuando lo más fácil y sugerido desde los centros de decisión era la pura evasión. No han sido los únicos. La historia de aquí y de allá está llena de la mar de ejemplos, pero que un proyecto de estas características haya surgido y perdurado 13 años en unas islas alejadas de los habituales circuitos de distribución teatral, no deja de ser loable. Incluso se atrevieron en su momento con una sala en el sur de Gran Canaria. Hubiera sido probablemente un impulso a la difusión del teatro en la isla, pero quizá, eso mismo provocó su desaparición ya que quienes más deberían cuidar de esa difusión, ejercitan la desidia de abrir y cerrar sus propios teatros como si fueran discotecas o supermercados o no lamentan mantenerlos inactivos como museos del olvido.
Desde aquel inicial montaje de Chatarra partiendo del texto Sueños de barrio del argentino Roberto Fontanarrosa, La República impactó en la escena canaria con su esfuerzo investigador y rompedor desechando el camino fácil y cómodo por el que podían igualmente optar. Con esa carta de presentación pusieron el listón muy alto, pero perseveraron en el empeño, para hacernos sentir que el teatro no tiene por qué necesariamente dormir entre algodones, sino latir con fuerza para despertarnos. Vendría después Lista Negra de Yolanda Pallín, y el premiado texto El Hacha, original de Antonio Morcillo sobre la violencia generalizada en nuestra sociedad. En la dirección, Rafael Rodríguez, que volvía a la isla a reemprender su trabajo teatral y que tuvo continuidad con La República en el siguiente montaje Dedos de Borja Ortíz de Gondra, un vodevil negro en que cuatro personas relacionadas entre sí realizan un paseo entre el amor y la muerte a través de los problemas candentes de la sociedad actual. Luego, un magnífico trabajo, a la vez tierno, profundo, descarado y sutil como Nano, sobre el personaje episódico creado por el novelista gallego Suso del Toro. Nano, una especie de Hamlet de barrio, aparece como el típico personaje de pueblo, contradictorio y a la vez intuitivo que cuenta sabiamente las cosas a su modo y nos conmueve. Tampoco ha faltado el tema conflictivo de las inútiles guerras de conveniencia abordado desde la parodia y el humor irónico y visceral en No War Cabaret, y ahora el delicado tema de la pederastia con el texto de Juan Mayorga, Hamelín. En definitiva, montajes "republicanos" de riesgo, coraje y visceralidad consciente de una percepción determinada del amplio consenso teatral, pero tan válida como cualquier otra o más, si se construye frente a la adversidad de los gustos imperantes y a pesar de ellos, con coherencia. La República sigue viva tras trece años.
Larga vida a La República del Teatro.
* José Orive es crítico e investigador teatral.