JORGE RODRÍGUEZ PADRÓN
En el pórtico de Esqueleto de agua, Pedro Perdomo Acedo toma la palabra a Ortega y Gasset para decir que todo lo mueve "el puro deseo de sentir sed". Sed que, aquí, es ansia de proyección existencial que es deseo de traspasar el límite que en la poesía se cumple cuando se cumple su experiencia de verdad. No es pues casual que Perdomo Acedo haga hincapié, en el prólogo que sigue, en la idea de trascendencia, aunque -como advierte enseguida- reconoce que, en los años que corren cuando escribe, el término esté en desuso, por aquello de las falsas convicciones en el falso progreso. Y no es ocioso, tampoco, que nuestro poeta haya elegido la isla de Lanzarote (por isla y por espacio poético, que vienen a ser la misma cosa) para proyectar su mirar enroñado pero sagaz y para alcanzar de ese modo el desborde de lo manifiesto, consecuencia natural de aquel propósito primero. Escribir, entonces, como "vivir con movimiento de libertad el presente en que hayan de desarrollarse con todas las potencias y vibraciones del alma y del cuerpo -o si se prefiere del espíritu y su realidad (…) incluso con la participación del pensamiento". Así lo escribe; y cómo añadir nada a poética tan esencial, tan sustancial y completa. Subrayo, sin embargo, que es cosa de un presente, pero nunca de actualidad (como torpemente solemos creer que debe ser): instante que concentra y expande, a un tiempo, energía y repercusión del espíritu y de su realidad (¡ah, eso del espíritu y lo mal que queremos entenderlo!): de la forma en su ser. ¿No es esto la poesía?
Consecuente con todo lo anterior, mi elección. En cierto modo, necesidad también. Surgida de mi exploración por esa anatomía de la isla (de la poesía, habremos de leer a partir de ahora) que el poeta nos propone. Consecuente con todo lo anterior, decía, el primer poema de aquel libro, La erupción que vendrá. Se trata de una pausa previa y preparatoria, antes de que la mirada se desplace por ese espacio que la encanta y la posee, antes de que inicie su itinerario a través del aire y de la luz, antes también de que rebote en tierra, texturas de esa superficie, latido interior de ese (aquel) cuerpo y su realidad, para volver a la página en la palabra. Es el momento inmediato que antecede a la experiencia de escritura; una pausa, casi instante, que dibuja la tensión de la inminencia. ¿No será que, para que dicha experiencia sea y valga, se precisa esa incertidumbre o borde hacia lo demás, a partir de los cuales se multiplican alidadas en un salto que es salida? Salida de sí, del propio cuerpo, a otro ("un acto único de amor"-y no vamos a corregir al poeta), el de la isla y sus volcanes, para que la palabra sea secuencia a la espera siempre de un acontecer: iluminación o alumbramiento, pues no otra cosa es la erupción que un salir desde dentro movido por una energía orgánica original.
LA ERUPCIÓN QUE VENDRÁ
Antes que la naturaleza ejercite el oficio del guerrero
me encabrita el barrunto
de la respiración de un volcán nuevo.
En los ahumados montes limitantes
aún candentes de Dios, cascabillos de fuego,
por no entrar en la historia de mano de la piedra
actué como el gorgojo elegidor del tiempo,
y demolí a mi vida el capullo de lava
que retiene desnudo de horizonte al isleño;
y como los barrancos que se pierden
para llegar muy lejos,
aun las aguas más dulces
amargas con los golpes se volvieron
en la fidelidad de los caminos
desparejados por el día negro.
Estamos -téngase en cuenta- ante el aviso de que algo se producirá "antes que la naturaleza ejercite el oficio del guerrero": mientras la palabra (uso natural del poeta) se dispone a la confrontación que es el modo de ver poético. Lo de enroñado que decía, no era sólo por decir. Música del poema, su respiración: energía que, primero, da sentido vital a la palabra; que, inmediatamente después, en resonancia se materializa y nos induce a desarraigarnos de tiempo y espacio, nuestros límites (pero no se trata de un desprendimiento enajenador: todo lo contrario, para conocer más). Este vuelo, decisivo; sin él, imposible el salto requerido por la poesía, su aventurado riesgo de entregar la palabra y entregarse en ella… Música que, en última instancia, es fuerza con la cual "trascender la petrificación de la existencia" (quedémonos con esta afirmación, para lo que luego se dirá). Antes de que toda esta erupción se produzca, porque -con toda certeza- vendrá. Y así se ha dado el primer paso, apenas cumplida la tensión de segundos que el pensar lo hizo, lo dejó dicho como, posible. Por eso me ha interesado este poema; por eso debe interesarnos. No se trata de una redundancia atenuadora: debe integrarnos en la experiencia, no quedar en la mera superficie de lectura. Si no es así, cómo ver, cómo realizar, ese inesperado movimiento, sacudida de la tensión y de la atención que este ejercicio de la mirada y de la palabra exige. Escribe ahora Pedro Perdomo Acedo: "me encabrita el barrunto/ de la respiración de un volcán nuevo". Y en ese gesto, más que movimiento, hay una interrogación que el mismo cuerpo dibuja: barrunto de otra respiración que es dimensión. El adjetivo no es un mero determinante; hace que el volcán sea realmente otro, otro asunto: lo vivo animado de un aliento o voz de fuego; una energía primordial, con todas sus potencias y vibraciones. Quisiera recordar que por algo dijo el poeta -nosotros dijimos- que música.
Tal vez pase inadvertida para muchos, pero la peculiar sonoridad de la asonancia mantiene un suave silabeo, siseo o susurro previo; no de otra manera sería, dado que es corriente y se dispone a desembocar. La aliteración más notoria de las vibrantes abre salida, por su parte, a lo que haya de venir una vez rota (y penetrada) la dura superficie; en paralelo al rotundo sonido nasal de esos "ahumados montes limitantes/ aún candentes de Dios", que insiste en el milagro primero del origen como borde de la iluminación posible, donde apunta un leve movimiento o brillo o sonido ("cascabillos del fuego") para acentuar el barrunto, o aproximarlo a su presencia: nueva respiración, otra respiración del mundo que el poema pugna por desvelar. La alternativa a la métrica convencional procura, a su vez, otras modulaciones, fuera del sabido compás, pues aquí verso, poema y la experiencia que ambos determinan se justifican como tales al dar contra ese "capullo de lava". Esta nueva imagen, "capullo de lava" (remito al anterior subrayado: "petrificación de la existencia" y al verso "por no entrar en la historia de mano de la piedra"), centra el poema todo, y en su verso ecuatorial por demás: "por no entrar en la historia de mano de la piedra/ actué como un gorgojo elegidor del tiempo/ y demolí a mi vida el capullo de lava".
La acción, entonces, la del poeta y la del hombre, no quedar atenazado ante el límite -historia o piedra- e iniciar una lenta labor de zapa, surco interior que horada tenaz la superficie para que la vida entre también y pase esa frontera u orilla "que retiene desnudo de horizonte al isleño", supere la indigencia del "hombre de la isla deshecha" o la sumisión "del can atado siempre a la palmera" -de otros poemas del libro. Y yo que andaba perdido con la imagen, y viene mi propia reflexión a desvelarme todo su sentido… Si la acción del poeta se encamina a "trascender la petrificación del la existencia", ¿habrá medio más certero de expresar cuál sea el obstáculo? Justificada así, igualmente, la conversión en gorgojo que, con lenta y constante labor, con el convencimiento del poder de su menudencia, acaba por demoler todo límite para entrar, por fin, en la vida propia, en la existencia, porque sin ello será imposible asumir (y cumplir) la experiencia poética. Poeta y poema, en el límite deseado. Transmutación de la isla, porque no se trata ya de su estrecha realidad geográfica o existencial; otro espacio mayor, y más conflictivo si cabe: este de la dilucidación. Cumple su sentido, por tanto, la imagen floral (ruptura e irrupción desveladoras que nos llevan hasta la plenitud de un nacimiento): resistencia a piedra, y a petrificación, aunque la realidad incontestable eso sea, señora además del espacio y cuerpo que tenemos, que vemos igual un día y otro día.
Necesidad (sed) de pasar la frontera, límite u orilla de la palabra, la erupción perseguida y generada por el propio poema: el volcán nuevo ("como los barrancos que se pierden/ para llegar muy lejos"). Perspectiva que ofrece la isla, con su desconsuelo de no saber a dónde, ni si lleva agua esa corriente que mueve la sed y derriba, con golpes continuados, con la particular intensidad de la mirada y con la certeza y precisión de la palabra, aquel "capullo de lava". Oficio del guerrero, rezaba el primer verso; esta búsqueda movida por el mismo afán: "aun las aguas más dulces/ amargas con los golpes se volvieron/ en la fidelidad de los caminos". Palabra que se vierte y que nace al mismo tiempo; palabra que, al brotar, escapa en erupción; palabra, en fin, que se disgrega tras aquella inminencia en un abrir y un ver expansivos. ¿De qué lava, de qué agua necesarias; para qué sed? Esa pregunta ante este poema, ante la ejercitación esencial de esta escritura poética que acaba en "caminos/ desparejados por el día negro". Imagen final que nada cierra, como pareciera. Los adjetivos, una vez más, tan sólo cuando dan vida: nada hay, nos advierten, que cumpla una dirección prevista; diversión y dispersión hacia "el día negro". Pero no aciago, que sería lo previsto (y previsible); que deja al poeta, y a nosotros, ante la conciencia de carencia sin la cual cómo saber de esto, cómo saber que sólo puede ser pretensión de llegar. Ni triunfo ni éxito; alcanzar el sitio del seguir más verdadero: isla o poema o vida.