EDUARDO GARCÍA ROJAS
La Semana Negra de Gijón es un festival atípico que ha ido ganando edición tras edición mayor número de participantes y de asistencia de público. El secreto de su éxito se apoya en un equipo de entusiastas y voluntarios pero sobre todo en la habilidad que ha tenido en mezclar dos conceptos para muchos antagónicos: cultura y fiesta. En Gijón, del 10 al 19 de julio, es casi obligatorio comprar un libro como subirte a una noria. Así como la de compartir un café o un pulpo asado o unas costillas con cada uno de los invitados. Muchos de los cuales acuden a estas jornadas como si fuera una peregrinación religiosa. En la Semana Negra la palabra cultura huye como de la peste de las alfombras rojas y de los boatos políticos culturales tan apreciados en otras latitudes, y sabe armar un programa que no deja respiro al visitante, quien se siente igual de importante que sus protagonistas: los escritores.
El responsable de este milagro es el escritor mejicano gijonés Paco Ignacio Taibo II, un director de escena cuyo entusiasmo contamina a cualquiera. Está en todas partes, pendiente de todo. Ora lo ves presentando una rueda de prensa como ora lo observas moderando un diálogo o recomendando una obra en las carpas instaladas en la playa de Poniente de la capital, lugar donde este año se ubicaron las ya clásicas casetas de venta de libros (novedades y de saldos) en perfecta convivencia con los puestos de churros y chocolate, ventorrillos y asaderos y una feria con todas esas atracciones diseñadas para espíritus a los que no les importa bromear con la ley de la gravedad.
Pese a que este año ha sido el año de la crisis, la Semana Negra se ha adaptado a las circunstancias ganándose una vez más el favor del público asistente. Es decir, que además de disfrutar de las múltiples variedades que ofrece el recinto, la venta de libros con respecto al año anterior ha aumentado de manera sensible. Casi más de 54.000 ejemplares fueron adquiridos por todas aquellas personas a las que no les importa rebuscar los últimos euros que aún le quedan en el bolsillo para comprar un volumen (y sí estaba firmado por uno de los escritores invitados tanto mejor) con el que olvidarse de la fatigosa realidad que les envuelve.
Pese a la dichosa crisis, la organización de la Semana Negra tampoco renunció a una de sus iniciativas claves, como es la de regalar libros. Este año destacaron, entre otros volúmenes gratuitos: Buscando a Belarmino Tomás, agitada biografía del líder sindical asturiano, figura representativa de la revolución asturiana de 1934 y presidente del Gobierno de Asturias y León durante la Guerra Civil, escrito por su nieto, Jorge Belarmino Fernández Tomás; así como una lujosa edición donde muchos de los autores y dibujantes invitados a esta fiesta que es la Semana Negra dieron su particular versión del libro de los libros: La Biblia.
Entre las plumas invitadas destacaron la visita a Gijón de la escritora francesa Fred Vargas, el escritor de origen paquistaní Tariq Alí, el norteamericano Jonathan Rabb y el historiador italiano Alessandro Barbero, entre otros; los mejicanos Jorge Moch, Fritz Glockner, Francisco G. Haghenbeck; los argentinos Guillermo Saccomanno, Raúl Argemí y el dibujante Horacio Altuna; así como los españoles Andreu Martín, Javier Negrete; el peruano Alonso Cueto o el colombiano William Ospina, por citar sólo los que se me vienen a la cabeza.
La Semana Negra sirvió, además, para que escritores y lectores se plantearan porqué resulta tan difícil acceder a sus obras si la mayoría de ellos están publicados en sus respectivos países por editoriales que también editan en España como Planeta, Seix Barral y Alfaguara. Bien es cierto, la verdad, que nadie pudo dar una explicación a porqué estas grandes editoriales transnacionales no apuestan globalmente por sus primeros espadas en todos los mercados que abarcan, prefiriendo editarlos solamente en sus países de origen. De todas formas, y gracias a la Semana Negra, somos muchos los que esperamos que se ponga fin a este disparate, y que Planeta, Seix Barral y Alfaguara se den cuenta de una vez del daño que están generando entre sus lectores al quitarles el derecho a descubrir lo que se hace en otras latitudes tan próximas pero sin embargo tan distantes literariamente hablando, por una política que sólo puede ser calificada de tercermundista.
En esta breve crónica de lo que fue y probablemente seguirá siendo la Semana Negra me dejo muchas cosas en el tintero, tantas que soy consciente que este obligado resumen apenas les dará una idea de que lo que se cuece en Gijón por estas fechas. Claro que en ocasiones ni una imagen ni mil palabras sirven para ilustrar lo que puede dar de sí cuando cultura y fiesta se convierten en una misma cosa. Y todo ello sin renunciar a fomentar el pensamiento crítico entre todos los que han tenido la suerte de dejarse contaminar por su efervescencia cuando ambos conceptos se fusionan. No sé si uno sale más inteligente cuando piensa que ya forma parte de la gran familia de la Semana Negra, aunque sí les garantizo que tiene la sensación de que sus ojos están más abiertos y que posee una mirada de que la realidad que le circunda pide a gritos ser transformada. A esta nueva visión (no sé yo sin con rayos X) contribuyeron también las exposiciones de originales del cómic 11-M: la novela gráfica, escrita por Antoni Guiral y Pepe Gálvez e ilustrada por Joan Mundet con color de Francis González; o la de Fotoperiodismo, imágenes sí estas que no necesitan de mil palabras para mostrarnos con extrema crudeza lo que pasa en esa parte del mundo donde la palabra crisis se ha convertido en el pan nuestro de cada día.
Y el próximo año habrá más.
Por eso no me tiembla la mano al escribir que hoy más que nunca lo negro se escribe con nombres y apellidos latinos.