MERCEDES PAGÉS
Cuando por fin, los engranajes de mi productividad están perfectamente engrasados y giran a la perfección, suena el toque de queda del viernes que lanza mi maquinaria a la nocturnidad, la alevosía y las resacas; al sábado con sus contextos de niños gritones y colas de hipermercados; al día siguiente en el que legiones de domingueros embutidos en ropa deportiva de ocasión, invaden las carreteras, los parques y los restaurantes. Luego, la estridencia del despertador me devuelve al lunes, día de sueño y mal humor, día en el que mi maquinaria chirría intimidada por el monstruo del trabajo pendiente.
¡Basta de tortura! quiero que mis días de siempre sean martes, miércoles, jueves… días tranquilos, sin sobresaltos ni convalecencias, días en que mis engranajes giren en el vientre oleoso del deber cumplido.