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CASA DE MISERICORDIA DE JOAN MARGARIT

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CASA DE MISERICORDIA DE JOAN MARGARIT
CASA DE MISERICORDIA DE JOAN MARGARIT 

PEDRO FLORES Recuerdo que, en alguno de mis libros de texto del bachillerato, leí, y aprendí de memoria, un poema que me impresionó hondamente; el poema era Ensayo de cántico en el templo y su autor Salvador Espriú. Más adelante leí los libros de aquel poeta extraordinario y comprobé que habían sido escritos originalmente en un idioma que me pareció, desde mi desconocimiento, especialmente hermoso y sonoro, un idioma hospitalario para con la poesía. Este es otro poeta que ha construido su obra en esa lengua luminosa, quizá todas las lenguas lo sean cuando las manejan poetas como Espriú, como Joan Margarit; luminosas, pero también terribles.
"Las Casas de Misericordia fueron instituciones de una gran severidad, rayana a veces en la maldad…", se nos dice en el epílogo del libro que con ese título, Casa de Misericordia, Premio Nacional de Poesía 2008, nos congrega hoy aquí. Sólo la intemperie, continúa en el epílogo, era peor que la vida en esos lugares. También la poesía, la gran poesía, puede ser un lugar bellamente terrible, pero al igual que pasaba con esas casas de misericordia de la posguerra, la intemperie, lo duro, lo triste, el dolor, son menos soportables sin el cobijo de la poesía. La poesía, ha dicho Margarit, es una especie de casa de misericordia.
Margarit concibe la poesía como un acto de conmoción, en alguna ocasión ha dicho que la literatura sirve para entretener o para consolar, y que lo segundo es muy difícil, que eso es lo importante, y no si un poeta pertenece a la generación del 98 o a la del 27. También ha dicho nuestro poeta que un poema, al igual que una partitura de música, está incompleto sin su intérprete, y en el caso del primero ese intérprete, el lector, es el que dará al poema su sentido definitivo. Muchos compartimos estos puntos de vista, y la lectura de la obra de Joan Margarit no hace sino corroborar que estamos ante un poeta que cumple honestamente con esos presupuestos. Hay un poema del libro Edad roja que, a mi parecer expresa como ninguno esa concepción, lo que se ha dado en llamar poética, que de este oficio tiene Margarit:


Tuyas serán las mujeres que amé
y que nunca he perdido, pese al viento
cruel de los años, y tuyo el enigma
de la isla del tesoro.
Tus ojos serán míos un instante
y, a cambio de dejarte oír en los cristales
la lluvia que ahora escucho, y hacerte cómplice
de mi futuro, que tú podrás conocer,
impedirás que muera y, una tarde,
me dejarás ser tú en otra lluvia.


La poesía, en estos tiempos, se ha convertido en gran medida en una excusa académica; algunos tratan de conferirle la única utilidad de un muerto objeto de disección y de erudición; otros, ante su completa falta de capacidad para conmover erigen a su alrededor, alrededor de la poesía, o mejor dicho, de aquello que quieren hacer pasar por poesía, un andamiaje teórico que oculta esa absoluta incapacidad. Unos y otros tratan de denostar continua y dogmáticamente la poesía como acto de conmoción, como patrimonio del alma. Poetas como Joan Margarit y libros como Casa de misericordia reivindican para el oficio de la poesía su condición inequívoca y original de vehículo de comunión entre los hombres.
Como el lector del poema que hemos recordado antes puede hacer suyas las mujeres y los enigmas del poeta a cambio de sus ojos bajo la lluvia, el poeta aspira a esa suerte de eternidad que supone el hecho de que su experiencia, sus derrotas y sus alegrías, sirvan de algo a los demás.
Cuando el poeta nos dice en El buscador de orquídeas, de Casa de misericordia, Para el desasosiego adolescente,/ en mi casa no había muchos libros yo pienso en mi adolescencia y en mi casa, donde tampoco los había. Cuando dice en el poema La primera vez Ya no he dejado nunca de reír o de llorar por ti, escritos para alguien a quien amó, a quien ama para siempre en ese poema, ustedes y yo pensamos en aquélla o aquél que amamos. Cuando dice yo no sé volver a donde está mi hija, nosotros desconocemos ese camino con él; para mí la muerte de su hija en sus poemas es la muerte de mi hermana, la muerte de mi abuela; sepa usted que en cada poema donde recuerda, donde vela a su muerta, alguien recuerda y vela a un muerto propio y que para agradecerle esto a usted falta una palabra en el idioma.
Nos dice, en el ya citado poema El buscador de orquídeas:


Cogí el Mein Kampf, un breve libro negro
que tomé por profundo, y comencé
por lo más sucio de la literatura


Fue allí donde empezó la poesía, nos dice más adelante, y es este reconocimiento, la afirmación de que nada humano es ajeno a la poesía, que ésta bebe también el agua sucia de las sentinas del alma, lo que, frente a tanto verso sobre piedras que miran al cielo, nos reconcilia ( disculpen lo tópico del término) con un oficio, el de poeta, que, cuanto menos, causa un cierto extrañamiento en estos tiempos y en este mundo. Extrañamiento del que son responsables, en gran medida, los que se empeñan, en aras de no sé qué trascendencia del lenguaje, en alejar la poesía de la vida.
La poesía consiste en que entre sombras de gallos y de perros/ por patios y corrales de aquella Sanaüja, atisbemos también nosotros las sombras de nuestro pasado, de nuestros sueños y de nuestras pesadillas; la Sanaüja de Margarit, como la Sinera mítica de Espriú, como el Burjassot de Estellés, son realidades concretas, paisajes reales, modestos, casi íntimos, pero, por mediación de la literatura se han convertido en territorios del alma, se ha demostrado con ello que lo "local" lo inmediato, lo cercano, lo propio puede adquirir el marchamo de universal cuando es tocado por la verdadera poesía porque ésta hace que todos nos reconozcamos en el poeta.
Pero no nos engañemos, lograr esto es sumamente difícil. No bastan a la poesía, por encomiable que ello sea en otro orden de la existencia, la honestidad o la sinceridad, no basta la más o menos cruda "exhibición", del dolor, de la alegría o del placer para que el poeta consiga esa comunión y el lector esa catarsis. La poesía necesita enigma, necesita que la palabra adquiera la justa forma del vacío o de la plenitud que trata de plasmar, necesita que esas realidades y esperanzas, esas experiencias nos consternen mediante las palabras precisas, palabras que deben ser dignas de las imágenes que persiguen, de los muertos que recuerdan, de los vivos que aman y traicionan en sus versos. En este sentido pocas veces estaremos ante una poesía, la de Joan Margarit y un libro, Casa de misericordia, que ostente enigma y cercanía en dosis tan naturalmente, tan humanamente combinadas.


La verdadera caridad da miedo.
Igual que la poesía: un buen poema,
por más bello que sea, será cruel.


Esto se nos dice en el poema que da título al libro que nos ocupa. No es "cómodo" leer a Margarit, pero nadie que la conozca y respete mínimamente pide comodidad a la poesía. En los versos de este hombre se pasa frío, en estos versos ha de sentarse uno a limpiar lentejas en los anocheceres del brasero de una cocina pobre de posguerra, en estos versos el amor es un disparo certero y peligroso o no es amor. La poesía de Margarit no hace prisioneros, si uno se detiene en ella se reconoce y no es devuelto inocente al mundo: Todos tenemos un muerto, quizás un padre que arrojaba nuestros libros a la calle, ojalá que un gran amor, y este poeta consigue que su muerta, su padre, su amor, sean, mientras leemos bajo la lluvia, también los nuestros.


Te canto a ti, pero nadie lo sabe.
Nadie sabe por qué soy un viejo que canta


Dice el poeta en el texto titulado Alegría.
No necesitamos saberlo, nos basta con que no deje usted de cantar.
Yo no sé si todos los buenos poemas son poemas crueles, pero si estoy de acuerdo en que toda belleza es cruel de alguna forma. Lo es, cruel, que su pérdida, sea un encuentro para otros, el encuentro con la palabra, con el poema que hablaba también de la pérdida propia sin saberlo uno. Usted demuestra que el dolor puede engendrar belleza, y que ese "alquímico", mágico proceso se llama poesía. Leí en una entrevista que le hacían poco antes de publicar Casa de misericordia que se había "saltado" usted la tácita regla literaria que recomienda distanciar la escritura del acontecimiento que la ha provocado. A esto usted respondió que lo único que tenía tanta fuerza como esa muerte era un poema de amor. Más adelante continúa: si no me servía entonces ¿Para que quería yo la poesía? Esa "devolución" de la poesía a sus orígenes, esa aceptación de su vitalidad, esa condición de conjuro y de exorcismo, de arcano coral y de descubrimiento, es lo que muchos queremos oír sobre esto de la poesía.
Las solicitudes de ingreso en esas casas de misericordia que dan título a su libro, las hacían, cuenta en el epílogo, personas que se veían ante la imposibilidad de mantener a sus hijos. Gentes, perdedores de una guerra en su mayoría, que preferían, en un acto de amor y de sacrificio, la desolación de aquellas casas al frío y el hambre que esperaba fuera a los niños, a esos hijos de los derrotados o de los que no tenían sitio en aquella magra victoria. De alguna forma, también hay alrededor de los que participamos, desde un lugar u otro, en esta reincidencia en el fracaso que quizá sea la poesía, un cierto halo si no de derrota, si quizá de esterilidad, de utopía, no sé cómo llamarlo, que nos convierte en seres anacrónicos, poco aptos, en resumen, para un tiempo nada proclive a la poesía. La Casa de Misericordia de Joan Margarit tiene algo en común con aquéllas otras de las que toma su nombre; dentro hace frío, están la muerte, la vejez, la vida en toda su crudeza, pero existen también, inseparables de las anteriores, el amor como salvación, la redención por la palabra, la lucidez, la honestidad y la humanidad. Al contrario que aquéllas su Casa de misericordia, poeta, es crudamente hermosa, y muchos de nosotros, seres anacrónicos en un mundo sin poesía, preferimos estar dentro de ella cuando arrecia el frío.

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