POESÍA

LA ESENCIALIDAD VISIBLE

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LA ESENCIALIDAD VISIBLE
LA ESENCIALIDAD VISIBLE 

PEDRO FLORES Ni casualidad ni ingenuidad es el hecho de que Silvia Rodríguez haya elegido como epígrafe para este Bloc de notas la archiconocida frase de Saint Exupéry (sólo se puede ver con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos), el escritor que quiso ser aviador, o viceversa, cuyo avión y cuya vida fueron derribados un día de guerra por un piloto alemán que pidió disculpas cuando supo que en la carlinga de aquel avioncito de reconocimiento viajaba un tipo muy ocurrente que inventó al príncipe de las dudas y de la esencialidad.
Esa esencialidad poética que destilan, no sólo éste, todos los libros de Silvia Rodríguez, esa sencillez, que es demoledora en ocasiones, esconde un arduo, largo proceso de construcción vital que la autora ha volcado en su escritura. Para la poeta de toda experiencia vital, fiesta o hecatombe, es susceptible de ser convertida en poesía; lo sensorial es el camino más corto al corazón en algunas ocasiones, en otras es un corazón complejo el que sabe extraer la esencialidad vital de los objetos, los lugares y las personas.
El lector de estos poemas ha de abordarlos sabiendo que va a pasar, en el corto intervalo de un verso, de una sensación a otra, de la aparente armonía de un idílico paisaje a su contrapunto de sombra.

Una esponja verde
flota en el Mar Caribe
(…)
meterse silicona cuesta la mitad en Dominicana

Bloc de notas es una suerte de diario de bitácora de un navegante observador y sagaz, pero también la libreta de la viajera que sabe observar el mundo con los ojos desprejuiciados. El Atlas un tanto anárquico, mejor, hedonista, de este viaje; del Caribe a Madrid, de los recuerdos al mar de las islas humildes que habitamos, es un recorrido por las experiencias vitales de una autora con una capacidad poco común de imbricar vida y poesía en una misma experiencia literaria, cuyo resultado es una escritura con tales dosis de misterio y de lirismo, de desgarramiento y de hallazgos poéticos, que convierte aquélla esencialidad tan cara a Saint Exupéry en un recorrido emocionante, lleno de contrastes luminosos, de curvas inesperadas, por los vericuetos del alma.
Nuestra poeta es capaz, como pocos, de "instrumentalizar" su poesía, la jalona premeditadamente de objetos cotidianos, de complicidades, de viajes, nos hace partícipes de un universo muy personal donde cada uno de esos objetos es un amuleto, donde cada lugar es un santuario, pero es capaz, en el verso siguiente, de renunciar a ello y, a la vez, arrebatárnoslo a nosotros. Por citar otro pasaje de un muy conocido poema, parece que Silvia Rodríguez hace suyo aquellos versos de Rudyard Kipling: si se rompen las cosas a las que has dedicado/tu existencia y te agachas a rehacerlas, cuando escribe:

exhausta me desprendo
de mi tarja de alas húngara,
de mi espada parada con vaina,
de mi armadura de torneo…

Consumo un vodka helado
y al fin te encierro
en las mazmorras
del Castillo del Firmamento.

El viaje, iniciático a veces, circular casi siempre, interminable por vocación, como en el caso del Odiseo homérico, va forjando a la poeta, pero, al mismo tiempo, la mirada de nuestra protagonista va reescribiendo el paisaje, le da una historia humana que "justifica" su presencia, la del paisaje, la del viaje físico, en su escritura. Los lugares a los que nos lleva no son simples apuntes de una naturaleza o unas ciudades cuya impresión visual, sensorial, quiere compartir un turista perplejo o emocionado, la poeta de Bloc de notas nos lleva hasta su alma y es el paisaje el vehículo que nos transporta a ese lugar de la esencialidad que es el verdadero destino de la aventura.
La esencialidad de la poesía de Silvia Rodríguez es un "objetivo" al que muchos han dedicado libros y libros, toda una vida a veces, a perseguir; en ella es su carta de nacimiento. Se trata de una esencialidad altamente compleja -quizá todo lo esencial lo sea-, humana y, como tal, minada de dudas, de pasiones, de renuncias y de encuentros, avatares todos que la poeta logra compartir con el lector de un modo directo y honesto, pero que a la vez requiere de ese lector un esfuerzo de profundización nada despreciable.
Quizá el piloto alemán que derribó "sin querer" un día lejano de una guerra lejana a un tipo que inventaba príncipes preguntones en firmamentos imposibles, trazó, con su acto, lógico y terrible a la vez (pues la guerra es la justificación temporal de lo aberrante) los parámetros de una leyenda, la leyenda del aviador apóstol de la esencialidad. Nuestra poeta, que tiene mucho del aviador francés cuyas palabras usa de pórtico para su poemario, quizá tenga algo en común también con aquel otro piloto, el que disparó su arma en un ya lejano cielo del siglo pasado sobre el avión del escritor francés sin saber que ayudaba en la creación del mito. Tiene, de ese otro, sólo en poesía, bienvenida cualidad de disparar primero y preguntar después, de derribarnos, tras ejecutar una pirueta en el aire, con toda la artillería de su verso y capacidad innata de volvernos a hacer volar en el verso siguiente.

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