TRADUCCIÓN Y NOTAS: MARIO DOMÍNGUEZ PARRA
(4) Apuntas también, mi querido Zeotokás, que no crees en absoluto en el futuro de la escritura automática y de la pintura delirante. Pero yo tampoco creo en ello, y aquí hay un punto en el que estoy de acuerdo con mi amigo Andreas Embirikos. El Surrealismo pasó por la escritura automática, llegó sin embargo a configurar una nueva forma de pensamiento1 y, en consecuencia, un nuevo funcionamiento espiritual en el modo de formulación, que se amolda con aquello que podríamos llamar claridad de la emoción.
Poco o mucho, todos han superado el automatismo. He visto manuscritos de Éluard con muchas correcciones y sé que Tzara incluso utiliza diccionarios. Esto no tiene importancia. Ni quiero, de nuevo, que creas que no creo en el "hecho" de la escritura automática y en su eficacia. Y digo esto porque muchos están en desacuerdo, incluido tú, como recuerdo que me dijiste una vez sobre Embirikos. No obstante, puedo asegurarte que muchos poemas que Embirikos ha publicado últimamente los ha escrito frente a mí d'un jet 2, como dicen, y que yo mismo he escrito multitud de poemas parecidos frente a amigos míos, con la diferencia que yo no los publiqué ni los publicaré nunca, porque pienso, lisa y llanamente, que dentro de este material luminoso se necesita, en cualquier caso, una intervención voluntaria, si quieres, que neutralice los parásitos y dirija este flujo de un punto a otro. Fíjate que, sólo por esta razón, los surrealistas nunca me tolerarían3.
(5) Por último, concluyes con la deducción de que "el Surrealismo se apagará poco a poco, obligando a la literatura y al arte del siglo veinte a que abran algunas ventanas hacia la región de lo divino y de lo fantástico". Por supuesto que se apagará; tampoco mantuvo nunca que, como movimiento, permanecería eterno4. La pregunta es si dejará también obras, acontecimiento que tú excluyes pero que otros esperan, teniéndolo como algo que se da por hecho. Pero si esto tampoco ocurre, su gran papel quedará en la curva de los centros de la conmoción y en su profunda influencia, mucho más importantes que aquéllas que mencionas, es decir, la apertura de varias ventanas hacia la región de lo divino y de lo fantástico. Y fíjate, no de lo divino. Al contrario, los surrealistas atacan lo divino porque constituye, como dijo nuestro amigo Rantos5, el cadáver del sueño. Al sueño damos importancia, al sueño como liturgia subconsciente, al sueño en su duración, si me permites la expresión.
Otra ofrenda del Surrealismo es que nos enseñó a discernir, en contra de todo fanatismo, la falsa filología de la verdadera esencia poética. Que nos enseñó a no describir las emociones, sino a producirlas, a reproducirlas, para que así queden poemas de viva palpitación y no secas fotografías verbales. Prueba tú mismo a ver los diferentes poemas de los jóvenes en las revistas conservadoras, en Nea Stía6, por ejemplo. ¿No te descorazonan, dime la verdad, tantas direcciones falsas? ¿No te asquean tantas lunas, tantas palabras dulces, tantos amores baratos, que no completan ni un grano de poesía? Esto ocurre también en Francia, (tú mismo lo viviste en aquella época), hasta el momento en que llegó el Surrealismo y obligó a la gente a no tolerarlos ni a perdonarlos nunca.
Para terminar, quisiera felicitarte - aunque no necesitas las felicitaciones de un amigo más joven e insignificante - por la parte en que dices que crees que "nuestro primer deber es tener nuestro espíritu abierto hacia todos los lados para entender qué ocurre a nuestro alrededor". ¡Qué bueno sería para la vida espiritual de la patria si algunos de tus defensores, colegas y prosistas presuntuosos, pensaran de la misma manera! Desafortunadamente… ¿Pero qué le vamos a hacer? Sé muy bien que con toda esta hipótesis me he ganado muchos enemigos y la antipatía general de nuestro ambiente filológico. Te juro que no he nacido para el halago y que la creación artificial de la fama y la simpatía es la última cosa que tengo en cuenta.
1938