Se cumplen treinta años de la edición de Unknown Pleasures, su primer disco de larga duración. Nunca los vi en directo, conviene dejarlo claro. La primera vez que supe de ellos fue leyendo un artículo a propósito de los poetas malditos del rock -tema recurrente, lo sé, pero no voy a inventarme algo para ser original, así ocurrió- y del suicidio de su cantante, no recuerdo cuántos años se cumplían ese mes del triste suceso. Si afirmo que conviene aclararlo es porque esa carencia vuelve más rotunda la magnitud de su impacto. No exagero, tampoco pretendo escribir unas líneas mitificadoras. En absoluto. Sin embargo, necesito poder expresar con claridad cómo la música de Joy Division -en realidad, y para ser más exactos, su música y todo lo que rodeaba su propuesta- influyó decisivamente en mi visión de la creación y la expresión artísticas.
Trataré de explicarme mejor. El artículo en cuestión había despertado enormemente mi curiosidad hablando de una banda que ejecutaba una música intensa y desolada, de un cantante y autor de convulsas letras que había puesto fin a su vida dos meses antes de cumplir veinticuatro años. El primer contacto se produjo consiguiendo una copia del citado disco. Escuché esa grabación de 1979, con auriculares, en una noche de insomnio. Seguramente no fue una buena idea. Estaba muy reciente la muerte de una persona muy querida y mi estado anímico no se encontraba en su mejor momento. El disco me dio miedo, es la única vez en mi vida que me ha pasado escuchando música. He sentido otras muchas emociones, por supuesto, pero no esa sensación que no puedo calificar de otra manera. Una extraña desazón, una impresión de terrible ausencia evocada desde los primeros compases que sonaron. No sé cuál fue el desencadenante; la desquiciada línea de bajo de Disorder (Desorden), una voz grave que no encajaba con el rostro juvenil que aparecía fotografiado en el artículo, el uso del eco como efecto expresivo, el peculiar sonido de la batería… supongo que eran factores importantes. Aparecían, además, extraños ruidos, por otro lado bastante tenues: Una puerta que se cierra, un ascensor viejo, cristales que se rompen; una voz apagada, casi un susurro, repetía "adiós" (bye) sobre los versos del tema final, I remember nothing (No recuerdo nada). Menciono el tema final, sí. Escuché la grabación completa pese a la inquietud que me provocaba.
Varias semanas después volví al disco. Resultó que no era tan difícil descubrir que también estaba lleno de energía vital, de rabia, de vocación estética, de pasión. Un objeto musical realmente sorprendente. Ahí estaba la clave.
Creo que no tengo espacio suficiente en esta página para poder analizar sus contenidos con un mínimo de justicia, de hecho debiera remitir al lector a los excelentes textos de Paul Morley al respecto, pero al menos quiero mencionar la originalidad de las líneas melódicas -normalmente desconcierta tanto la fuerza emocional de esta música que el oyente no se percata de ello-, sus conceptos rítmicos -incluyendo, oh sorpresa, elementos normalmente asociados a la música bailable-, el intercambio de los roles tradicionales del rock entre la guitarra y el bajo, el uso de la electrónica como un elemento más ensamblado en las combinaciones tímbricas y, claro, la atmósfera global, una producción tan cuidadosa como premeditadamente minimalista, capaz de generar climas emocionales en el oyente difícilmente olvidables. Si usted se molesta en descifrar las letras -algo crípticas, cierto, y el acento de Manchester no ayuda en la tarea- encontrará ecos de Ballard, de Burroughs, de Nietzsche, del Existencialismo francés. Sorprende cómo, pese a todo, no caen en un pretencioso delirio pseudoliterario; antes al contrario, se configuran como un ejemplo -extraño, eso sí- de descarnada poesía urbana.
Al comienzo aludí a todo lo que rodeaba la propuesta de Joy Division. Interpretaban su música con una austeridad en la puesta en escena -una conseguida no-puesta en escena, de hecho-, una concentración y un rigor a la hora de llevar al límite la sobriedad de su representación que conseguían convertir su actitud en una contundente demostración de pureza estética, algo a lo que no era ajeno su completo desprecio hacia todos los caminos habituales para la difusión comercial de sus canciones. Las implicaciones de una elección así trascienden el ámbito de la música postpunk para convertirse en un ejemplo emblemático de búsqueda de belleza, sin ataduras, en un momento concreto. La mencionada pureza ante las formas de abordar la experiencia estética se transforma en una manifestación ética de actitud vital.
De ahí nace el impacto a cuya magnitud también me referí al principio. La convicción de que puedan llevarse hasta el final, sin concesiones, las propias elecciones estéticas, con las resonancias éticas y vitales que ello implica; hasta el final la búsqueda de los momentos de belleza, despojados de todo adimento superfluo que enmascare su intensidad potencial. Se trata de principios que se incorporaron a mi manera de abordar, como intérprete, la música clásica, de acercarme al resto de manifestaciones artísticas.
Placeres Desconocidos, qué sugerente título.