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EL PINTOR ASESINO. TÚNEL DE LA VENGANZA CON CÓMPLICES AL FONDO

 16:25  

ALBERTO LINARES BRITO Resulta que el escritor de San Andrés Jesús R. Castellano ha publicado en la editorial Benchomo, propiedad particular del escalonero Cándido Hernández, la novela El pintor asesino. Una novela de 189 páginas que le debe la vida a Tenerife y Asturias. A pesar de que, no en varias ocasiones, sino reiteradamente trata de miserable e infierno tanto a una tierra como a otra, la novela cuenta la historia de un pintor que va matando mujeres y otras cosas por la vida, hasta que, casi al final, el protagonista confiesa que no ha matado nunca a nadie, lo cual hubiera sido el mejor papel escrito presentado ante una jueza por un escritor que utiliza a un amigo acusado de violencia de género y que recuerda a Los caballeros de la tabla cuadrada, una película de los Monty Python donde todo se falsea para conseguir, poniendo todo al revés, otra historia distinta. Si en esa película se andaba tras la búsqueda del Santo Grial batiendo cocos partidos para simular el trote de los caballos, aquí se habla permanente de una tal Carmen Elena, una mujer que dominaba como quería a los escritores locales, es decir, de la Isla del Infierno y que para dinero y guitarras ajenas era tremenda fiera. También para hombres de distinta ralea y proyección artística, presunta proyección artística. Es decir, del mundo de la bohemia donde escribir sí que se escribe pero no se vende un puto libro. O los vende el editor y se queda con el dinero, haciéndole una chicuelina torera al copyright del autor.
No seré yo quien discuta la impronta narrativa de Jesús R. Castellano pero si voy decir que en esta novela se utilizan tres argucias, para su armazón, para su trama, y que se podrían concretar en lectura, escritura y pintura. Por decirlo rápido estamos ante una novela del día a día donde se encriptan y se desvelan nombres y sucesos. A veces el lector podrá encontrar otra obsesión más, la de la metaliteratura y también la del escritor que conversa con el texto que crece pero está a medio construir. Y podrá decir que el diálogo importa en el texto. Los diálogos. Posiblemente los diálogos salven en ocasiones la falta de tensión/distensión en algunos pasajes de esta novela. Leyéndola, a veces me he preguntado si se trata de la obra de un columnista frustrado, porque a pesar de las mentiras con las que hace referencia al periodismo asturiano, no deja de tener una visión audaz, corajuda de la realidad. Eso sí, lo que no me gusta es la alusión casi permanente a un periódico de la isla que el médico me quitó para proteger mi higiene mental. Porque eso es publicidad gratuita y porque como se diría en el Bar Castillo, tiene menos valor que un talego de ocho libras.
Siempre entendido como parte de la literatura y la vida (no se dónde está la diferencia) esta novela se construye sobre la mentira y la envidia. Y más cosas. Como el rencor. El gran Valle Inclán, todos sabemos, que adjetivó la mentira como "bendita y alada", seguramente por los paraísos a donde te puede llevar. Pero este paraíso en El pintor asesino se sobrevuela desde la burla implacable hacia ciertos escritores de la isla entre los que estoy incluido. Es decir, los que al final tienen el papel, desde el trasfondo, de aportar el cartónpiedra a una película con el resultado de un mal sueño en el Cine Baudet.
Aquí hay que reconocer que esto es un ejercicio muy saludable para la literatura local. En esta novela, un autor creyente, como Jesús R. Castellano, que se salta los pecados capitales, no conforme con eso, añade el cinismo y la ironía y se apunta a critico literario haciendo un potaje con mucho nihilismo y unas pastillas azules de avecrem, poniendo a caldo a Gabriel García Márquez, un poco menos a Boris Vian y nada a Rubén Fonseca. Uno siempre tuvo claro la diferencia entre respeto y atrevimiento. Ahora que este escritor nada omnisciente no tiene nada que hacer sino escribir, leer y pintar, adquiere una sabiduría. La sabiduría de averiguar quienes copian a quien para terminar protestando contra el estilo ¿Qué es el estilo? No es la primera vez que este autor se defeca en el estilo. Ya lo hizo en la Revista Lunula, de Gijón, cuando era su director. Ahora la dirigen su hija Sibisse y otra mujer de la que también estuvo enamorado. Aunque él sigue figurando como Director.
En la novela se habla de una tal Carmen Elena, un personaje que pertenece al mundo de las apariencias. Y posiblemente, del mal de amores, aunque eso, con rigor del bueno, del autentico, solo lo puede explicar el personaje central, el Katire Viera.
Ya conocemos también que en el mundo de las apariencias el único engañado es el que aparenta porque, al cabo, los demás terminan por conocer la farsa.
La tal Carmen Elena, pobrecita, no era feliz sabiéndose quien era y menos con quien estaba y compartía su aspiración a la gloria. Y, aparte de la tradición oral y otros inventos que Jesús R. Castellano saca de su relación personal con la Isla del Infierno pero también de sus conversaciones con los escritores policíacos que acuden a la Semana Negra de Gijón, aparece como el personaje que ostenta una de las máximas ambiciones de ciertas personas que es, ni más ni menos, gozar de poder. En el terreno del amor, por ejemplo (¿quién dijo amor?) Porque al Katire Viera no le disgusta que le digan cari, haz esto, cari, haz lo otro, pero siempre termina por decir: no me llames cariño en público, por favor.
Dicen que uno no se equivoca por no saber sino por olvidarse de las cosas. En esta novela al Katire/Marcel le pasa eso. Se olvida de que la adulación y la hipocresía son los mejores ingredientes, los imprescindibles para fabricar la receta de las apariencias. Pero también hay que reconocer que en ciertos pasajes de la novela no hay muchas apariencias a la hora de retratar a la sociedad canaria: a veces Júpiter tronante, a veces (muchas) Saturno comiéndose a sus hijos. Eso sin nombrar la escatología, que sirve, intermitentemente, como guarnición del plato principal (la venganza) Bukowsky y las lecturas que Carmen Elena robaba, por medio, claro.
Se escribe para buscar un canto del alma, según parece apuntar este novelista que heredó el realismo sucio de sus andanzas por Asturias y que anuncia en esta novela su lejanía actual del fetasianismo que tanto reclamó cuando salió a la luz su plaquette Proserpina sí viene esta primavera en aquellos lejanos años. Pero también se escribe para que el lector se divierta; y aquí me vuelvo a acordar otra vez de Valle Inclán, y mas concretamente de Luces de Bohemia, donde si se busca, podríamos encontrar detrás del personaje principal, el Katire Viera y del narrador, nada omnisciente, tanto a Max Estrella como a Don Latino de Hispalis.
Se escribe también para que se entienda que, al fin, a final de cuentas, alguien termina confesando que cuando se está mucho tiempo lejos, termina admitiendo, con cierta o poca serenidad, que terminó perdiéndole el ritmo a la Isla que amaba. Pero se olvidó de que en cualquier territorio deambula la canallezca. Y encima, se preocupa (perdón, se ocupa) del amor.
El pintor asesino, pretende irrumpir como un drákar vikingo en el aburrimiento literario de la Isla del Infierno al tiempo que insinúa que todos le debemos algo a alguien. Si ya al principio de la novela pasaron por la piedra Gabriel García Márquez, un poco menos Boris Vian y nada Rubén Fonseca , yo le recomiendo al autor, que para esta venganza no se olvide de Ruguero Guarini, Antonio Tabuchi e incluso Dostoievski.
Hay quien cuenta por contar y hay quien inventa por inventar. Tranquilos. En esta novela nadie se va a poner nervioso, salvo los implicados. No es muy habitual en estas Islas divertirse con la intrahistoria local. Los nombres son importantes, suele decir el autor de esta novela. Aquí, más de uno pensamos que es un ejercicio muy saludable para que se vislumbre aquella vieja máxima de que lo universal se genera en lo local. Con pintores y pintoras. Pero sin maquillaje.

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