EL BUEY SOBRE EL Tejado

Algo sobre Jane

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Jane Birkin en 2007, pocos días después de cumplir 60 años.
Jane Birkin en 2007, pocos días después de cumplir 60 años. 

P.P.D. Toda propuesta artística, toda actitud vital premeditada es de alguna manera una representación, un juego de máscaras donde el engaño consciente permite jugar con el espacio y con el tiempo, acudir a lo esencial y, de ese modo, ser más auténtico en su contenido que si se dejara, con pretendida espontaneidad, en manos del azar.
Lleva el pelo muy corto y atuendo masculino con chaleco y corbata. Jane Birkin presenta Enfants d´Hiver en Madrid en una hermosa noche gélida y lluviosa. Ah, sí, es 2 de marzo, aniversario de la muerte de Serge Gainsbourg. Se trata de ese tipo de detalle que conviene no olvidar, en algún momento del concierto dicho recuerdo provocará destellos de emoción intensa en la cantante, en el público.
La intérprete ha escrito las letras de todas las canciones de su último disco, melancólicas evocaciones de la infancia y reflexiones sobre la pérdida y la muerte. La sensualidad y la melancolía son desplegadas con facilidad y elegancia por quien ha sido un mito del arte de la seducción en la cultura urbana europea desde la década de los sesenta del pasado siglo (si piensa que con el paso del tiempo su presencia habrá perdido la capacidad de impacto le aseguro que se equivoca, llena los espacios y todas las miradas la siguen).
Cada paso, cada postura corporal está, en gran medida, preparada con esmero. Repetimos que se trata de un juego de máscaras sutil, de la mentira elaborada que late en el fondo de todo objeto artístico, de toda seducción erótica. El pie del micrófono cambia de lugar una veintena de veces, igual que el alto taburete de estética retro desde el cual canta Madame en uno de los momentos cumbres del concierto. En escena aparece la Alice de Tom Waits acodada en la cintura del piano, mientras la sombra del recuerdo del ronco timbre de la versión original planea sobre la pared sin escucharse. La máscara del dolor asoma con My secret de Beth Gibbons. La voz de Portishead escribió para la Birkin una historia de pérdida afectivo-sexual y de supervivencia sin ningún tipo de anestesia emocional que es interpretada con la cara pegada, literalmente, al suelo, un foco deformando el palidísimo rostro.
La luz puede acariciar o deformar la belleza, convertirla en algo tangible o espectral, en una máscara con los rasgos transformados en trazos sin orden. ¿Recordaremos ahora que ella era la inolvidable chica de la moto en The Knack? and how to get it de Richard Lester? Sí, lo sé, en estos casos todo el mundo menciona su aparición en Blow up, pero qué puedo decir, Antonioni me parece sobrevalorado (si piensa que me expreso como uno de los snobs arrogantes que salen en Manhattan de Woody Allen llega tarde, ya me lo han señalado antes).
Sobre el escenario se está evocando la infancia y la muerte, no lo olvidemos, la muerte física y las muertes emocionales. Por conocidas, estas experiencias no dejan de existir. En medio, la cadena de seducciones vitales, las cópulas en todas sus acepciones, de ahí la idoneidad de la propuesta sonora de la noche y de su puesta en escena. Da igual que el guitarrista tenga un peculiar sentido del ritmo que ni el público ni los otros músicos acaban de desentrañar del todo, la vida está llena de pequeños accidentes de esa clase.
Pese a todo y manteniendo lo dicho, en ocasiones hay que apartar la máscara y enfrentar algunos aspectos de la realidad más tangible con la dignidad requerida. El vínculo de la cantante con las causas políticas progresistas es de sobra conocido. Comprometida intensamente con Amnistía Internacional, ha asumido ser el rostro público de esta organización en la lucha contra la represión en Birmania. El retrato de la líder opositora Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz, está presente en la sala sobre enormes cartelones; un enérgico discurso y una canción alusiva también. La dignidad como actitud siempre se suma a la elegancia, por lo que el juego de máscaras no queda roto sino reforzado, como objeto artístico, por la rebelión contra este fragmento de odiosa realidad de intolerancia y represión. Los rostros contra el suelo, las luces deformantes, encuentran así un espejo inquietantemente palpable en la cotidianeidad de un olvidado, para casi todos, país oriental.
Por último la visita del viejo tramposo. Incluso para los que no creemos en los fantasmas hace su aparición el del cínico, seductor por autoconvicción y canallescamente pop Serge Gainsbourg. Ya lo mencionamos, era el aniversario de su muerte. Dieciocho años sin el autor de tantas canciones que van desde el delirio kitsch hasta la perfección melódica más incontestable. Le hubiera encantado ver el indescriptible paraguas de bombillas con el que su ex-esposa y siempre musa se pasea cantando un tema por todo el teatro. Hay que manejar con suma destreza los secretos del carisma para hacer eso sin caer en el ridículo, pero dicha capacidad le sobra con creces. Gracias, Jane.

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