El tiempo de la caída y la trascendencia en Barroco, de T. Pandur
10.11.2008 | 16:07
ROBERTO GARCÍA DE MESA
Los pasados días 1 y 2 de noviembre del presente año 2008, Tomaz Pandur (Maribor, Eslovenia, 1963) desembarcó con su segunda obra representada en Canarias, Barroco, producción realizada por el centro de arte Teatro Fernán Gómez y distribuida por Concha Busto producciones y distribuciones, para celebrar el 30º aniversario del Centro Cultural de la Villa de Madrid. Antes de esta obra, habíamos podido asistir a otra representación, que, por cierto, dicho director estrenó por primera vez en España, en el Teatro Guimerá, en 2006. Nos referimos a la aclamada 100 minutos, inspirada en Los hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoievski, una pieza formidable que Pandur deconstruye y adapta con suma destreza poética.
Por su parte, Barroco constituye una de las mejores propuestas que ha dado el teatro español en mucho tiempo. Porque Pandur vive entre nosotros desde hace varios años, y esta es su cuarta producción realizada aquí. Hasta la fecha, en España ha montado Inferno (2005), 100 minutos (2006), Alas (2006) y Barroco (2007).
Su trayectoria ha sido enormemente interesante hasta el punto de que, hoy por hoy, nos parece el mejor director de la escena europea del momento. Una trayectoria que logra varias cimas importantes: primero, cuando debuta en el Teatro Mladinsko de Ljubljana, con su monumental obra Scheherezade (1988), donde, siguiendo la alquimia artaudiana, consigue construir una pieza en la que interactúan los mundos occidental y oriental, el este y el oeste, en toda su diversidad, con todos sus claroscuros. El impacto emocional en el público y la recepción en todo el mundo fue de tal magnitud que todavía en 1997 se llegaba a representar esta obra. Un segundo momento más importante aún, inmediatamente después, se dio al ser nombrado director artístico del Teatro Nacional de Eslovenia. Allí impulsaría su proyecto Theatre of Dreams, donde lleva a la escena sus propias lecturas de Fausto, Hamlet, Carmen, La Divina Comedia (Inferno, Purgatorio y Paradiso), Russian Mission y Babylon. Este segundo período abarca un ciclo que transcurre ininterrumpidamente desde 1990 hasta 1996. Con La Divina Comedia, el crítico Neva Slibar, de Die Bühne, escribiría que es "la producción más ambiciosa en la historia del teatro esloveno". A continuación, le siguieron otros montajes como la ópera de Goran Bregovic El Silencio de los Balcanes (1997), que estrenaría en Grecia, así como el célebre y misterioso Diccionario de los Kázaros (2002), estrenado en Eslovenia, o la ópera de Leos Janácek Desde la casa de los muertos (2004), esta última basada en la novela de F. Dostoievski y representada por primera vez en Alemania. En 2002, funda y dirige la compañía internacional de teatro Pandur.Theaters. A partir del año 2004, el director esloveno decide establecerse en nuestro país, en Madrid, donde lleva una fructífera trayectoria, colaborando con personalidades de gran prestigio como el coreógrafo, bailarín y director artístico de la Compañía Nacional de Danza, Nacho Duato, en Alas y Barroco, o como la actriz Blanca Portillo, en Barroco, por citar algunos ejemplos.
Tomaz Pandur pertenece a esa selecta familia de artistas que integran la esencia del caudal mítico en el teatro poético de la modernidad. Erigido como discípulo aventajado de Artaud y de Müller, ha alcanzado ya una destreza formal tan elevada que no es posible sino compararlo con los directores más importantes de la escena del siglo XX, desde Cocteau hasta Strehler. Pero, al igual que ellos lo fueron en su momento, Pandur es el que está ahora más próximo a un teatro del futuro, una mirada hacia el siglo XXI. Y probablemente cuando uno observa sus obras puede darse cuenta de que se encuentra ante una experiencia única, visionaria y misteriosa, del teatro contemporáneo, que no se vive de manera indiferente.
¿Pero en qué consiste esa mirada? Pandur combina hábilmente tradición y modernidad, como ha dicho en alguna ocasión Stefan Weber, "clasicismo y ciencia ficción", pero siempre con un cuidado estético que hace que sus piezas posean un terminado de una exquisitez formidable. ¿Y qué quiere contar al público Pandur? Sus principales obsesiones giran en torno a la búsqueda de la trascendencia, de ahí su inclinación hacia lo poético. Quien persigue desesperadamente trascender las formas de la realidad busca también el estudio de las condiciones humana y divina, esto es, la relación entre los vivos y los muertos, las energías invisibles que mueven nuestras vidas, los conceptos de tiempo y espacio, la condición mortal, la fuga hacia la imaginación... Porque si Pandur se define por algo es por fijar su atención en el conflicto entre finitud e infinitud y por la imaginación como una fuga hacia la libertad.
Y si en algo se pone de acuerdo la crítica con el teatro de Tomaz Pandur es en la palabra "esotérico". Se han vertido muchas opiniones sobre este concepto en relación con el director. Por ejemplo: críticos como Hans Norbert Jocks le vinculan al mundo de los "karmas", a una química mágica en escena. Pero es que su búsqueda de la belleza, que para él recae en un asombro de la imaginación, en una forma de liberación, conduce al espectador a una catarsis emocional, de gran calado poético que no deja de asombrar a quien la percibe. Su obra, por tanto, también define la historia de las emociones humanas.
Pandur ha aplicado todo ello, también, en su última obra Barroco, cuyo texto ha sido escrito por el propio director y el dramaturgo Darko Lukic, a partir de la deconstrucción de diversas fuentes discursivas: Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos, Cuarteto, de Heiner Müller, y los filmes Relaciones peligrosas, de Roger Vadim, Las amistades peligrosas, de Stephen Frears, y Valmont, de Milos Forman. La dramaturgia ha corrido a cargo de su hermana y mano derecha: Livia Pandur. Un artículo aparte merecería esta brillante dramaturgista, probablemente una de las mejores de Europa, que acompañó a su hermano desde el principio, y que forma una parte imprescindible de la eficacia del trabajo del director esloveno. Por otro lado, tres son los actores, con un trabajo a sus espaldas de impecable factura, nada común en el mundo de la interpretación española y que cada uno realiza en su esfera particular con enorme eficacia: Blanca Portillo (Marquesa de Merteuil), Asier Etxeandia (Vizconde Valmont) y Chema León (Barroco-El Navegante). La interpretación de Blanca Portillo posee una energía poderosísima en escena que deja sin aliento a los espectadores. Finalmente, la misma eficacia se puede comprobar en la coreografía, que corre a cargo de Nacho Duato; en el diseño de escenografía de Numen; en el vestuario de Angelina Atlagic; en la iluminación de Juan Gómez Cornejo y en la música, que firma el grupo Silence. Todo ello para lograr un acabado impecable, como hemos dicho.
El Barroco de Pandur presenta una escenografía en cinemascope, como también diseñara, en su momento, en una parte de su Paradiso, en La Divina Comedia, con el fin de crear un ambiente asfixiante, existencialista y minimalista. Pandur no desarrolla una obra visualmente barroca, sino emocionalmente barroca y, en ocasiones, manierista. En este sentido, su director lleva a cabo un concepto puramente barroco: un procedimiento metafórico destinado a reunir cosas que son conceptualmente distintas. Así encontramos un mundo ficticio que es, si se nos permite la expresión, una desrealización de la realidad.
A través de sus personajes, en la obra se proyectan diversos modelos de ser humano en un universo en miniatura que propone un conocimiento del mundo temporal que arranca las máscaras de la ilusión y del engaño. Esta obra es barroca no por lo que uno puede ver a simple vista, sino por lo que no se ve, por la inversión de valores, el mundo al revés, por la preocupación de encontrar las pulsaciones de la locura o la nostalgia de un paraíso perdido. La soledad del hombre es lo que provoca una escenografía desolada e inestable, puramente trágica. El horror al vacío es plenamente aceptado con todas sus consecuencias, con todas sus muertes, con todas sus "nadas", las que han vivido sus personajes. La belleza y el significado de una vida perdida, la decadencia de los valores esenciales y el conocimiento del deterioro son los pilares de la obra. También es barroca porque expresa la trascendencia a través de la sensualidad y de la carnalidad, obsesión propia de los autores que formaron esta tendencia. Lo eterno y lo efímero, lo carnal, confluyen permanentemente en escena como una fuga hacia la realidad exterior. El concepto principal que maneja la obra describe un modelo de belleza que abraza la monstruosidad. En ella se percibe el declive, la persecución de una historia, del tiempo y su caída. En escena se puede observar a través de las dos palabras que resumen la vida de la Marquesa de Merteuil: "amor y venganza". Todo forma un ideal donde cada acción conmueve y, por ello, interviene en el resorte de los sentidos, de las fuerzas afectivas. Como ha señalado Emilio Orozco en un estudio titulado Barroco y Manierismo: "La figura barroca es la figura sorprendida en un momento de su transitorio y agitado moverse, algo pasajero, imposible de mantenerse, como es imposible detener ese tiempo fugitivo de un movimiento apasionado".
Los personajes de Barroco contribuyen a demostrar aquella máxima de Tesauro que decía: "el ingenio es una fuerza del intelecto dotada de dos cualidades: la perspicacia y la versatilidad". La obra también transcurre entre estos dos extremos, por ello se crea una tensión que pretende comprimir las experiencias internas y externas del ser humano con la humanidad. Félix Monge, en un trabajo titulado Conceptismo y culteranismo, señala que la "tensión barroca consiste en entregarse plenamente a la experiencia de la vida con la totalidad del ser, con los sentidos, las pasiones, la inteligencia y el juicio moral". Dicha tensión adquiere un momento culminante en la obra con aquellas palabras que insistentemente repite Valmont: "Yo no puedo evitarlo". En este estado, la verdad y la belleza ya no son una misma cosa, y la confianza en la sencilla veracidad del lenguaje se ha perdido.
Por todo ello, Barroco es una obra acerca de las máscaras de la vida cotidiana, de las máscaras del lenguaje y de la representación en la gran escena del mundo de una Europa nihilista, que se deconstruye y es plenamente consciente de su deseo de supervivencia en un espacio emocional íntimo: el del espectador en su teatro monstruoso. Una experiencia única.
