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Notas para deconstruir una mirada Átlántica

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Notas para deconstruir una mirada Átlántica
Notas para deconstruir una mirada Átlántica 

ROBERTO GARCÍA DE MESA La visión del océano Atlántico, cargado éste de secretos, es tan antigua como la mirada hacia los mitos. Este océano conectó desde muy antiguo con el enigma de la vida después de la muerte. Así entendían el mar, en sentido amplio, y especialmente este océano, este mar intercontinental, los griegos. Y así lo vio Pedro García Cabrera, ya en el siglo XX, cuando explicaba en sus trabajos sobre poesía marina u oceánica que ese antiguo espacio no abarcaba una reflexión positiva, sino una tendencia de los poetas anteriores a convertirlo en un objeto negativo, aunque él lo pensaría desde otra perspectiva más esperanzadora: como una llave para el conocimiento de la libertad. Desde las primeras endechas, o desde Cairasco, hasta el artista Néstor, contemporáneo de García Cabrera, se interpretaría con este sentido negativo. El citado artista grancanario, a través de su Poema del Atlántico, pintaría monstruos salidos del Averno de la mitología. Y próximas a las historias fabulosas de los mitos, en los mapas griegos, estaban las Islas Canarias, un vergel en medio de la nada, en medio del horror, en medio de lo desconocido. Así, configuradas a priori, estas islas formaron el fin de la tierra, el último lugar del mundo conocido, y una frontera entre la vida y la muerte. Por lo tanto, no es extraño que algo tan alejado, pero, por otro lado, tan conocido, tan presentido, fuera considerado como un paraíso, como algo propio.
Todos los paraísos deben existir, deben quedar fijados siempre al final de la razón humana. El paraíso representa, por tanto, lo que la razón no entiende y ansía. Hoy, cuando el espacio y el tiempo son superados por la inteligencia artificial, el paraíso podría estar en cualquier parte. Resulta interesante preguntarse hacia dónde irían las ideas sobre el mundo atlántico cuando se hace referencia a la esfera de las telecomunicaciones, del ciberespacio, etc. Probablemente, la atlanticidad sea considerada como una forma de tradición que se introduce en el espacio mental de cada uno. Pero, como cualquier geografía mítica, puede considerarse como un espejismo, un lugar para enfrentarse cara a cara a una identidad repleta de luces y de sombras.
El Atlántico es geografía, es cultura, es civilización, es el resultado de algo, de una encrucijada con múltiples proyecciones. El Atlántico fue una meta en un tiempo, ahora es sólo un «paraíso» descifrado, diálogo intercultural interminable, con la única meta puesta en el proceso mismo. Probablemente, el gran peligro de considerarse cultural o históricamente atlántico sería el hecho de creerse el único ser civilizado de la tierra, es decir, la primera civilización, el primer mundo, frente a otros que son de segunda, de tercera, etc. Estas diferencias se dan en la costa atlántica entre los países del norte y del sur. El mundo atlántico forma un crisol de culturas muy diferentes. Y el capitalismo lo abarca todo, o casi. El sistema que el ser humano ha puesto en marcha, que alimenta, que protege, marca el signo de la pobreza y de la riqueza, de todos los movimientos del planeta. El hombre es propietario por naturaleza, no se conforma con ser rico ni con nada, y es infeliz en un espacio que no logra abarcar.
Quizá esta atlanticidad evoque una especie de proyecto utópico, puesto que su gran reto sea el de conciliar todo aquel crisol de culturas. Se podría incluso concebir como una comunidad atlántica, pero ¿sería como la Unión Europea o los Estados Unidos de Norteamérica? Quizá se presentara como una especie de Confederación Atlántica. Suena bien, pero, ¿cómo compensar la disparidad entre las diversas economías? Tampoco se resolvería el problema de la mala distribución de la riqueza entre el Norte y el Sur. En la época de la llamada guerra fría, donde el debate del poder giraba en torno a los bloques Este-Oeste, fueron muchos los intelectuales y pensadores que anunciaron una visión de Europa enfrentada a un gran peligro: el Sur. Y eso es la atlanticidad, también: la cultura del Sur. Y Canarias es también Sur, no hay que olvidarlo.
Resulta paradójico que la división natural propia de cualquier océano ahora se perfile como un motivo de unión. También es paradójico que la forma de establecer puentes se articule a través de las migraciones, de la figura del extranjero. Por ello, Canarias ha sido centro de esta diversidad, porque lo atlántico debería ser diferencia. Lo atlántico es migración. El motivo se encuentra de nuevo en el capitalismo. Los movimientos humanos se dirigen hacia donde hay riqueza. Y la riqueza es el modelo de paraíso imaginado por el ser humano. Y Canarias es un paraíso para el inmigrante que busca mejorar sus condiciones de vida. Por otra parte, existe el turista europeo para el que Canarias también es otro paraíso, pero, en este caso, paisajístico y, en ocasiones, sexual y festivo.
Ahora bien, se ha apuntado la mirada del otro, pero no la de quien vive permanentemente en las islas. Para describir esta última, se resumiría toda una gran explicación siguiendo a Domingo Pérez Minik en su célebre ensayo La condición humana del insular (1968, 1988, 2000), cuando sólo ofrecía dos soluciones, dos aspectos que la caracterizan: o sentirse con la suerte del paraíso o padecer la desdicha de las maldiciones, utilizando sus propias palabras: afán y angustia. Esta es la verdadera tragedia del paraíso. Pues realmente Canarias es un paraíso perdido y deconstruido todos los días. Aunque no es menos cierto que para Domingo Pérez Minik, que escribió numerosos textos críticos y ensayísticos acerca de este asunto (La poesía de las Islas Canarias en entredicho, Insularidad y poesía, etc.), la mirada del otro es la que determina la identidad insular. Esta idea encuentra su proyección, sobre todo, en el libro del mismo autor, titulado Entrada y salida de viajeros (1969, 2008), aunque también en Isla y Literatura (1988, 2000).
Juan Manuel García Ramos es uno de los intelectuales canarios que más ha escrito acerca del concepto de atlanticidad, de las culturas del mar, de la tradición mitológica insular, de las diversas perspectivas del universalismo y del regionalismo en Canarias, etc., a través de diversos ensayos y artículos tan significativos en su trayectoria como La universalidad insular (1989), Del mito clásico a la nueva identidad (1995), Un imaginario atlántico (1995), Canarias y la Atlanticidad (1997), Las culturas del mar (1999), por citar algunos.
Por su parte, Marcos Martínez, en su interesante artículo El trasfondo mítico de la historia y de la literatura Canarias, realiza un recorrido por este campo cuando se refiere al Atlantismo de la cultura canaria: civilización y humanismo atlánticos, publicado en el volumen I de la Historia Crítica de la Literatura Canaria (2000), coordinado por los profesores Rafael Fernández Hernández y Yolanda Arencibia. Este autor lleva a cabo un valioso documento bibliográfico en el que, finalmente, vale la pena detenerse un poco. Esta concepción oceánica intercontinental a través del género ensayístico tiene para Martínez un momento destacado en el año 1944, con motivo del prólogo de K. Vossler para el libro de Criado de Val, que lleva por título Atlántico. Ensayo de una breve Estilística Marina. Al parecer, es el primero que habló de Atlántica Majestad, y a partir de él se empieza a desarrollar un atlantismo, al considerarlo como uno de los rasgos de la identidad canaria. Por otro lado, A. Sánchez Robayna utiliza el concepto de microtradición, en su artículo Literatura e historia: el caso de Canarias (1994), para referirse a la minúscula, pero existente tradición que Canarias ha construido desde sus primeros poetas, como Cairasco y Viana cuando se refieren a los mitos propios de la selva de Doramas o de la princesa Dácil, respectivamente, por citar algún ejemplo. Marcos Martínez apunta, también, que el que más y el que mejor ha defendido la tesis de una civilización atlántica ha sido el investigador belga C. Verlinden, en su obra Les origienes de la civilisation atlantique (1966), cuando analiza la historia del florecimiento de las culturas alrededor de este océano. Este autor sostiene que comienza con la expansión portuguesa entre los siglos XV y XVIII, hasta llegar al XIX y al XX, donde se constituyen el desarrollo y la culminación de esta civilización. Verlinden apunta que "el Occidente europeo es para el mundo agrupado en torno al Atlántico lo que Grecia fue para el mundo romano en torno al Mediterráneo".
Por último, no menos interesante de destacar sería el trabajo de A. Cioranescu, Colón humanista. Estudios de humanismo atlántico (1967). En esta obra se describe la figura del almirante como un modelo de verdadero humanista y no como una persona sin formación, como se le consideraba hasta entonces. Escribe Cioranescu que "su proceder es el de todos los humanistas de su tiempo, que parten del estudio de los textos, herencia más segura de la memoria colectiva, para elevarse a las categorías generales y a la verdad".
Cuestionable o no esta reflexión de Cioranescu sobre el personaje de Colón, entre estos investigadores citados existe una tendencia, más oculta unas veces y no tanto en otras, para proponer un modelo en abstracto de humanista atlántico. Esta identificación puede conducir a riesgos endogámicos, aquellos por los que se sienten fascinados algunos críticos. El concepto de humanista no tiene fronteras. Proyectar el atlanticismo a un modelo de intelectual es más o menos crear un modelo a medida, pero el universalismo no se consigue acotando los mundos, sino potenciándolos. Hoy en día, las nuevas tecnologías, las nuevas pistas de la información hacen algo más libre al ser humano, algo más independiente en la búsqueda del conocimiento. Son potenciadores del humanismo en todas sus facetas, tanto racional como irracional, que ayudan a saltar al vacío de un modelo de información absoluta, aún no alcanzado. Es otro modelo, el de humanista virtual, el que continúa con esta tradición.
Pero, ¿en qué lugar quedan los mitos o estas nociones de atlanticidad o, incluso, estas nuevas formas de comunicación cuando se hace referencia a los diversos mapas del hambre que definen también las civilizaciones del sur? El sur es pobreza, violencia, desesperación, ansiedad, nihilismo, pero también meditación, metafísica, telurismo, calma, bienestar, depuración. Las sociedades económicamente más avanzadas ignoran los diversos tipos de dinamismo de las culturas del sur, tan solo las presentan como piezas de colección cuando toca, es decir, cuando los medios de información las ponen de moda por algún motivo que, por lo general, es detestable, o cuando deciden aprovechar sus recursos. El colonialismo sigue vigente, por mucho que no se desee admitir, y sus consecuencias: las masacres étnicas, los campos de refugiados, las explotaciones de minas y de los medios naturales que caen en manos extranjeras, el racismo, las violaciones de los derechos más elementales, etc.
Además, cuando se señala la condición de extranjero parece esconderse una idea de enemigo potencial que va a arrebatar sus pertenencias a la comunidad receptora. ¿Y cuáles son estas pertenencias? ¿Por qué siempre se habla en términos de pertenecer a una comunidad, a un grupo, a una idea común? Quizá no sirvan las explicaciones habituales. La identidad se construye con golpes, con efectos de ficción.
El mar de los griegos es el mismo mar que se puede ver desde las costas africanas, el mismo espacio que miran los que viajan en pateras, los que alcanzan la costa y los que mueren en el camino para llegar a las islas, después de una compleja peregrinación por el desierto y por poblaciones desabastecidas a causa del hambre, la sequía y las guerras. Si este mar escondía lugares no encontrados para los griegos, para estos africanos, que provienen de otros mundos repletos de razones perdidas y de mitos, hoy sigue simbolizando la esperanza en un mundo mejor. De nuevo, las islas se convierten en un lugar de peregrinación, en un paraíso que se transforma en un infierno, puesto que para estos últimos, en numerosas ocasiones, llegan a ser prisiones flotantes, ya que no pueden alcanzar el tan ansiado continente europeo que les ofrece mayores posibilidades económicas.
¿Y dónde queda el humanista atlántico al que se refería Cioranescu? Si se entrase en dicha convención terminológica, este humanista probablemente provendría ahora del sur, de África, con una visión totalmente nueva para los canarios, que emana de poblaciones telúricas y primitivas, pero con una enorme sensibilidad ante la esperanza y ante la construcción de otros mundos, de otros tipos de sociedad opuestas a las formas del capitalismo. Quizá estas poblaciones aporten, en algún momento, concepciones que diluyan el destructor avance del capitalismo. Ya se viene anunciando desde mediados del siglo XX este avance imparable de las culturas del sur. Canarias pertenece geográficamente al sur, pero su punto de mira siempre ha estado puesto en la Europa y en la América más desarrolladas económicamente hablando. Las islas se han convertido en una civilización abastecida, pero han perdido sus mitos, sus convicciones internas y se han postrado ante los juegos inconscientes de los políticos locales. A veces, tiene sus ventajas, pero también se ha perdido el misterio. La especulación de las industrias y la preocupación por el turismo han provocado que todo el caudal mítico ya no interese a nadie.
Lo que queda es sólo un producto para vender. África continúa siendo una gran desconocida para Canarias. Es paradójico. Es el momento de abrir de nuevo, pero de forma más honesta, el entendimiento a estas otras comunidades tan cercanas y lejanas a la vez, quizá para recibir algunas enseñanzas que hemos casi perdido y que convienen recordarse o que nunca se tuvieron, como, por ejemplo, la condición humana integrada en un verdadero pluralismo cultural, con todo lo que implica de diverso, y una vuelta a una concepción telúrica de los mitos. Esta búsqueda de lo que nos une por encima de lo que nos divide será infinitamente más emocionante y provechosa para todos, en lugar de discutir acerca de categorías relacionadas con la procedencia territorial y lo que conlleva la condición social de extranjero o de ciudadano que no pertenece a la comarca donde se le recibe.

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