TEATERO XXI

DRAMATURGIA DE LA INTERACCIÓN

02.06.2008 | 16:15
"En el teatro, más que en el cine, ya no necesitamos de ninguna manera estar atados al tiempo, al personaje o a la trama. Podemos no utilizar ninguna de estas muletillas tradicionales y al mismo tiempo seguir siendo reales, dramáticos y profundos". Peter Brook "En el teatro, más que en el cine, ya no necesitamos de ninguna manera estar atados al tiempo, al personaje o a la trama. Podemos no utilizar ninguna de estas muletillas tradicionales y al mismo tiempo seguir siendo reales, dramáticos y profundos". Peter Brook

Para encontrar sentido a lo que debe ser el teatro de nuestros días deberíamos empezar por conocer el mundo en que vivimos y encontrar las definiciones actuales de conceptos tales como la materia, lo real, el tiempo, el espacio.

Que podemos ser y sentir en un mundo donde el espacio se abulta o se encoge a capricho, el tiempo se acelera o decelera según la velocidad, la masa se anula o se hace infinita, la energía se rompe en fragmentos pero la materia "dura" se presenta en forma de ondas que, en el fondo, no son tales, sino nubes de posibilidades regidas por matrices en las que no valen los principios de la matemática o la lógica?
Para hablar del teatro de hoy, tendríamos que discutir de arte dramático tal y como lo entienden algunos de los autores más comprometidos con su tiempo, y no me refiero a los aspectos sociales o políticos, sino a aquellos que consideran una prioridad encontrar las fórmulas artísticas adecuadas, la esencia de esa realidad variable e imprecisa que nos identifica y nos da, o quizá, nos quita sentido.
¿Por qué dramaturgia de la interacción? Quizá porque en eso nos ha convertido la mecánica cuántica, en una nube de infinita posibilidades, una nube de átomos-actemas, de elementos mínimos carente de sustancia, formas cuya combinación nos explica, nos descubre a nosotros mismos la esencia de lo que somos o lo que no somos, o de lo que podríamos ser ahora, en este momento, pero no mucho más allá. Un momento que puede ser breve o puede dilatarse hasta sentirnos eternos. Todo ello conforma una realidad aparente, no objetiva, que depende del sistema de referencia en el que se engloba, cuyo principio constructor es la intencionalidad, la relacionalidad.
¿Existe un teatro que refleje este nuevo paradigma? ¿Un teatro relacional, de la interacción, sin historia, al margen de la "narratividad"?
José Sanchis Sinisterra, en una de sus múltiples charlas apuntaba que la aparición de la fotografía permitió que la pintura se liberase de lo figurativo y añadía: "¿Por qué motivo el teatro, con la llegada del cine, no ha logrado liberarse de la antigua sumisión a la narratividad?"
Como otros muchos autores, apuntaba la necesidad de trabajar una teatralidad que reniegue de la función narrativa y de las categorías que les son propias: argumento, conflicto, clímax, desenlace. Desde este punto de vista los lectores y espectadores de teatro, expuestos a un nuevo tipo de acción dramática, pueden renunciar a la restitución de la historia y centrarse exclusivamente en la percepción de los mecanismos discursivos, es decir, en la forma en el que el creador planifica y organiza su materia en función de una determinada estrategia o estructura de efectos.
Se nos reta, por tanto, a probar asimilar acción dramática y discurso, es decir, a la conveniencia de liberar la acción dramática de su servidumbre secular a todos aquellos objetivos y acciones que, más allá de la situación dramática concreta, dependan indefectiblemente de los resortes de la historia. Sería conveniente, afirma el autor Peter Handke, reducir la acción dramática a la simple y excitante categoría de intercambio.
Todo este planteamiento, estimulante y atractivo, abre nuevas perspectivas para la dramaturgia contemporánea. En su libro Más allá del espacio vacío, Peter Brook señala:

"Sería interesante saber por qué hoy en día el teatro, en su búsqueda de fórmulas populares, ignora el hecho de que en pintura la abstracción es el estilo más popularizado? Sabemos que el teatro está en desventajas con respecto a las otras artes, debido a su constante necesidad de éxito inmediato, que lo somete al arbitrario de los componentes menos dinámicos del público? ¿Sabemos dónde estamos parados en relación a lo real y a lo irreal, a la fisonomía de la vida y sus corrientes secretas, a lo abstracto y a lo concreto, a la historia y al ritual? ¿Qué son los hechos de hoy? ¿Son concretos, como los precios o las horas de trabajo; o abstractos como la violencia o la soledad?"

Su postura nos sitúa directamente sobre la cuestión de que, en relación con la vida del siglo XXI, las grandes abstracciones son en realidad más concretas, más inmediatamente proclives a afectar nuestra vida, que aquellos llamados "hechos concretos".
Otro concepto que caracteriza esta dramaturgia es el punto de vista cambiante, la idea de que el cambio de perspectiva crea la ilusión de densidad y, por tanto, de complejidad y realidad. Se trata de mostrar un mundo en varias dimensiones, un mundo en relieve. Esta idea es ejecutada de manera espectacular, en el mundo de la narrativa, por autores como Proust, Joyce o Cortázar. En el ámbito teatral, citaríamos al dramaturgo inglés David Hare.
Y añadimos aquí, como punto de referencia, el minimalismo, puente para una nueva poética del texto dramático. Reducir al mínimo la cuestión estética, insistir en la actitud no intencionada del artista que obliga al espectador a buscar significados y concretar la acción.
En este aspecto, podríamos citar autores como Harri Virtanen o José Sanchis Sinisterra y, en el extremo más poético, Heiner Müller, Joan Brossa o el canario Roberto García de Mesa. Autores cuyo concepto esencial es el espacio como formula para resaltar la aparición de juegos enigmáticos entre los elementos, momentos inesperados, al que el mismo autor debe buscar solución.
La técnica de la simultaneidad asocia acontecimientos, personajes, situaciones, que ocurren en tiempos y lugares distintos. Cada elemento aporta sus propias sensaciones, vivencias, y de ahí surge la aparición de un elemento extraño, inquietante, turbador que crea esa ilusión, esa apariencia de vida. Se trata de una descomposición de la realidad mediante un juego de transparencias, a modo de calidoscopio.
Por lo tanto, el teatro así entendido no es orden, linealidad, continuidad, sino una sucesión de "ahoras", una sucesión de relaciones. Características esenciales de esta dramaturgia del siglo XXI son la impredecibilidad de la acción y los cambios bruscos de registros, cuyos resultados producen obras dramáticas a modo de rompecabezas, llenas de cables sueltos, que el espectador se esfuerza en integrar.

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