ARTE

Una danza macabra de Gotthart Kuppel

02.06.2008 | 17:13
La instalación contó con 111 figuras que no medían más de la palma de una mano, y que se encontraban alineadas en parejas, esperando el momento adecuado para iniciar la danza, que nunca llega.
La instalación contó con 111 figuras que no medían más de la palma de una mano, y que se encontraban alineadas en parejas, esperando el momento adecuado para iniciar la danza, que nunca llega.

En esta tradición adquiere un lugar privilegiado la llamada
danza macabra. Si bien el manuscrito más antiguo conocido en
España, considerado como Danza General de la Muerte, data de los primeros años del siglo XV, en la segunda mitad, precisamente, el corpus de esta tradición se halla en su mayor auge

La presencia de la muerte en sus múltiples categorías presenta numerosas manifestaciones artísticas a lo largo de la historia de la humanidad. No podría ser de otro modo. No existe un país que no posea una sólida tradición acerca de este asunto capital. Sin embargo, siempre nos hacemos las mismas preguntas y ofrecemos soluciones similares para llegar al concepto o para aliviarnos de su cercana compañía. En este sentido, conocerla, imaginarla o vivirla de alguna manera, también ha desembocado en el estudio simbólico de su esencia, con el fin de provocar un estado liberador frente a ella. Representaciones de esta idea podríamos encontrarlas en el Poema de Gilgamesh, o en la obra de filósofos y escritores de la talla de Platón, Séneca, Manrique, San Bernardo, Berulio, Montaigne, Quevedo, Baudelaire, Rilke, Sporken, Nestares Guillén, Isaac de Vega, por citar algunos.
En esta tradición adquiere un lugar privilegiado la llamada danza macabra. Si bien, el manuscrito más antiguo conocido en España, considerado como Danza General de la Muerte, data de los primeros años del siglo XV, en la segunda mitad, precisamente, el corpus de esta tradición se halla en su mayor auge.
Los hombres y mujeres de aquella época predicaban un doble sentido en sus actos: el amor a la vida y la preparación a la muerte. Estos constituían, y no otros, los motores de la sensibilidad medieval. Y para proporcionar esta dirección existieron las danzas macabras como la que comentamos. Cantos referidos a la brevedad de la vida, a la corrupción del cuerpo, a la belleza efímera, a la crítica social, al temor, a la igualdad, a lo súbito, a la ironía y al sarcasmo de la muerte, a los pecados capitales, al destino humano, etc. Eso sí, todo ello ceñido a los fines didácticos y moralizadores de la cristiandad, donde la extinción de la vida se representa con frecuentes invitaciones al terror y a lo escatológico, al espanto y a la incomprensión.
El sentimiento del tiempo conduce al hombre del medievo a una preparación para otra vida mejor, protegiendo su conciencia a través del uso de la memoria gloriosa de su paso por el mundo. La muerte a la que se refiere Jorge Manrique, por citar un ejemplo de esta época, en las Coplas a la muerte de mi padre, no es otra cosa que una reflexión metafísica sobre la identidad humana, observada a través de la melancolía que causa la extinción final de una vida, sin participar de la tradicional reflexión, condicionada por el miedo ejemplarizante de las danzas macabras. Si bien, este prohombre medieval condiciona sus actos mundanos en función de lo que le ocurrirá en la otra vida, al sujeto moderno parece afectarle más el riesgo a caer en las patologías psicológicas ocasionadas por la conciencia del fin de la existencia en el mundo presente. Aún en nuestros días, compartimos el mismo problema de fondo: la extinción, la conciencia del deterioro. Pero el ser humano, en aras de buscar una salida desesperada, mueve su camino hacia la ficción, hacia la imagen misma de la muerte, hacia el icono, en definitiva, a la proyección en una terrorífica figura imaginaria en el otro. Por eso, nos preguntamos si Manrique escribió sobre su padre o sobre él mismo. He aquí donde radica uno de los valores de su modernidad. Manrique reabre, con ello, un debate en la literatura acerca de la realidad y la ficción, pero también inicia otro acerca de la condición humana que se extingue, que deja de estar irremediablemente.
Gotthart Kuppel ha abierto recientemente, una vez más, estos debates que conllevan tanta tradición y tanto interés. El 7 de marzo de 2008, en la sala Conca, fue presentada en Tenerife la obra Una danza macabra, de este polifacético creador, nacido en Bremen, en 1946, que comparte la residencia habitual de su país de origen con la que posee en la isla de Tenerife. Hemos visto una instalación, donde 111 figuras, que no miden más de la palma de una mano, y que se encuentran alineadas en parejas, esperan el momento adecuado para iniciar la danza, que nunca llega. En este caso, cada espectador está obligado a proyectar en su imaginación cómo sería el movimiento de dicha danza macabra.
Las figuras a las que nos referimos constituyen objetos encontrados con forma humana, como señala su autor en un programa de mano de la instalación: "perdidos y encontrados de nuevo". Su vestuario está compuesto de "trozos de trapos desgarrados, de calcetines de consistencia y color diferentes, de bayetas, de vestidos desgastados de muñecas y, la mayoría, de guantes de diverso origen, estropeados por el trabajo, agujereados, sucios, llenos de alquitrán, tirados». Y sus cabezas, recreadas con «trozos de corcho arrastrados, piedras estalladas, restos de trapos, ovillos de papel, cáscaras de nueces, pellejo, cerdas, fragmentos de madera, nudos de alambre y de sogas, conchas y partículas de hueso, porcelana y chapa".
Kuppel nos tiene acostumbrados a deleitarnos con sus figuras, en algunos de sus trabajos anteriores, forjadas a partir del encuentro de objetos desechados por la sociedad, que acaso reflejan lo que somos, lo que tenemos en una civilización de consumo, que, en esta ocasión, ha aproximado a la muerte, a un rito de la extinción, de la degradación humana renacida de sus propias cenizas. Es difícil hallar en la tradición de los objetos encontrados una aproximación tan precisa y expresa de la muerte. Quizá reconozcamos, eso sí, imágenes casuales de figuras de Ernst, de Tanguy, de Dalí, o de Bellmer, por citar algunos ejemplos, pero su autor ha retrocedido en el tiempo, a la edad media o al barroco, dejándose acompañar por conceptos de la tradición de la vanguardia clásica. Kuppel potencia una relación interdiscursiva que sitúa al espectador, no sólo en un plano artístico, sino ritual, y, por tanto, escénico. Sus personajes, sus miniaturas sugieren, entonces, a quien las observa, el principio de una obra teatral que le invita a imaginar la muerte, a revisar su propia vida, a participar de esta común acción.
Pero hay algo más. El rito no se completa sin la imagen que sobrepasa el tamaño humano. En el otro lado de la sala se expone una figura de gran tamaño, construida con la misma técnica que las pequeñas, que sostiene una especie de guadaña. Gotthart Kuppel parece indicar a los espectadores que asisten a su explicación, a su actuación, pues ejerce de maestro de ceremonias, que hay más imágenes como éstas, que hay más muertes como ésta, que hay más miedo, que lo grande está en lo pequeño y lo pequeño en lo grande, que el terror no sabe de tamaños, ni de formas, y que no hay danza sin imaginación, sin representación del fin o, quizá, de una clase de principio. El espectador que observa la obra es moderno, no es medieval, y sabe que esta sigue en el mismo lugar, que es un despojo de sus útiles, del consumo, de la riqueza, de la conciencia.
La presencia del inconsciente, tan explorado por la tradición vanguardista y, por qué no decirlo, por los misterios medievales, por el teatro ritual, por la mitología..., no sólo se observa en la búsqueda que cualquier espectador puede experimentar al enfrentarse al significado de estas figuras, sino porque su cantidad total, 111, representa el 3 si son sumadas sus cifras. Este número esconde variados significados trascendentales. Uno de ellos podría ser la composición del núcleo de una familia (padre-madre-hijo/a), lo que para el psicoanálisis constituiría la base de la personalidad de cualquier individuo donde se forjan todos los conflictos de la identidad.
En esta ocasión, el mundo antiguo y el mundo moderno se han reconocido en este pequeño lugar de la ciudad canaria de La Laguna, llamado sala Conca, de la mano de Gotthart Kuppel, quien ha realizado una excelente instalación de objetos encontrados, con notanotables dosis de teatralidad y reminiscencias de las danzas de la muerte medievales, que desconcierta, quizá, por su escueta disposición espacial, pero no por el poderoso significado que encierra.

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